Comparto con Ustedes un texto que me parece muy bueno de Pepe Eliaschev, salvo su apreciación sobre que el ser Católico no tiene nada que ver con el estar en contra de la pena de muerte, que me parece que debe tener una explicación más profunda. Todo el resto del texto está imperdible.
Destaco lo siguiente "Pero nos equivocaríamos en pensar que las raíces de estos fenómenos son exclusivamente sociales o económicas. Yo no comparto, al menos, esta mirada. Hay raíces que tienen que ver con otras realidades que la Argentina no está confrontando.Porque hay indulgencia social para con el delito, porque hay impunidad, porque hay relativismo moral, porque se ha estigmatizado la noción de orden -como si todo orden fuera represivo- es que el delito en la Argentina sigue siendo, aparentemente, imparable. Y el delito no puede ser imparable, tiene que ser en todo caso acotado sino, exterminado -porque eso es poco menos que imposible."
Debajo tienen el texto completo para leerlo.
Carla María Turco
Por Pepe Eliaschev 3 de Marzo del 2009
Porque lo dijo ella, porque fue Susana Giménez la que se hizo cargo de esas palabras, esos conceptos han alcanzado una difusión y una relevancia notables. Pero si en lugar de haberlo dicho Susana Giménez, lo hubiera dicho cualquier mortal, tal vez, no hubiese producido tamaño escándalo.
Apenada, y comprensiblemente afectada por la violenta muerte de un colaborador, la estrella Susana Giménez salió a decir que: “El que mata tiene que morir”. A las pocas horas tomó conciencia de la gravedad de sus palabras, reafirmó su fe católica y dijo que “no estaba a favor de la pena de muerte”.
En verdad, una de las primeras aclaraciones indicaría que la fe católica no es necesariamente excluyente de la pena de muerte. A lo largo de la historia de la Iglesia católica, en más de una oportunidad -para no hablar de la Inquisición- condonó la pena de muerte. Quiero decir que por ser católica, Susana Giménez no debe interpretar que no puede estar a favor de la pena de muerte. Ser católica puede tener que ver con un culto privado, unos valores, unos principios, una cierta mirada y con la defensa de ciertas categorías. Pero nada tiene que ver eso con la pena de muerte.
Lo grave, lo imperdonable, aquello para lo cual no hay indulgencia posible en la frase de Susana Giménez, es cuando alude a lo que denominó “esa estupidez de los derechos humanos”.
Porque, efectivamente, esta mujer -que nunca antes salió a reclamar por otras muertes violentas- considera que los derechos humanos son una estupidez.
Dejemos de lado la utilización política aviesa que se ha hecho del concepto de derechos humanos a partir de 2003, esa es otra discusión. Porque, efectivamente, la concepción de los derechos humanos -su vigencia, su aplicación, su promulgación, su mejoramiento- pasó a convertirse en munición de un arsenal político del Gobierno.
Pero, desde luego, no son estúpidos los derechos humanos. Y, desde luego, no es una estupidez reclamar su vigencia y su aplicación. Solamente en la mentalidad de una persona que nunca tuvo problemas con los regímenes militares, solamente en la mirada de una persona que no tuvo remilgos en asociarse con Rodolfo Galimberti, puede denominarse estupidez a los derechos humanos.
Lo que está sucediendo es que el país está muy intoxicado con esta problemática. Por eso, la doctora Elisa Carrió, en lugar de salir a marcar diferencias determinantes con Susana Giménez, prefirió la actitud perdonavidas de quien se hace cargo del dolor del otro, sin advertir que la frase de la diva, por ser una diva y por tener relieve popular, es de una enorme gravedad.
Además de la demagogia, además de la tontería y además del negacionismo –que consiste en calificar a los derechos humanos como estupidez- lo que corresponde es marcar, en todo caso, algo que es cierto: es muy popular la noción de la mano dura.
La sensación de que si matamos a los que matan, resolvemos el problema ha cobrado profundidad en una sociedad ciertamente castigada y esmerilada por la presencia cotidiana de las historias de inseguridad que, lejos de ser una sensación térmica, hablan de un problema gravísimo que hoy acontece, no solamente en la Argentina, desde luego, pero si en la Argentina desde luego.
Hay un raquitismo evidente en la función policial y en la función penal. Ése raquitismo se acredita a través de lo que nos entrega la crónica cotidiana, en cuanto a que la función de prever el delito prácticamente ha desaparecido.
La idea de la mano dura ensalza a la policía sin cuestionamientos, cuando en rigor de verdad de lo que se trata es de tener una mejor policía, no más policía. Y la policía argentina está seriamente imputada, seriamente cuestionada y seriamente comprometida con casi todos los delitos. No toda ella, yo no considero que la policía sea una entidad homogénea, blindada e idéntica a sí misma. Pero, desde luego, en la Federal –como sobretodo en las provinciales y en particular la de la provincia de Buenos Aires- se advierte la fisura, la infiltración, la presencia desde las formas más elementales hasta las más complejas del delito.
Pero nos equivocaríamos en pensar que las raíces de estos fenómenos son exclusivamente sociales o económicas. Yo no comparto, al menos, esta mirada. Hay raíces que tienen que ver con otras realidades que la Argentina no está confrontando.Porque hay indulgencia social para con el delito, porque hay impunidad, porque hay relativismo moral, porque se ha estigmatizado la noción de orden -como si todo orden fuera represivo- es que el delito en la Argentina sigue siendo, aparentemente, imparable. Y el delito no puede ser imparable, tiene que ser en todo caso acotado sino, exterminado -porque eso es poco menos que imposible.
Pero me llama poderosamente la atención esta erupción de violencia verbal en Susana Giménez, ella que nunca salió a decir nada de asesinatos paradigmáticos como los de, por ejemplo, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.
En la Argentina hace muchos años que se viene matando a la gente. Solamente porque la tocaron de cerca, salió a pedir la muerte de los que habían matado. Salió -de alguna manera- a encarnar la versión criolla del “ojo por ojo, diente por diente”.
No sólo se equivocó, sino que hizo un pésimo papel y generó un problema delicado en una sociedad que no está para este tipo de recalentamientos verbales. El país lo que necesita es serenidad, inteligencia y apego a las normas legales para combatir el desafío del delito, no declaraciones -acaloradas y espontáneas- de una diva que recién ahora se acordó de que vive en la Argentina.
jueves 5 de marzo de 2009
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